Se muestran los artículos pertenecientes a Octubre de 2007.
02/10/2007
El tren reposa en la Alameda. El horizonte naufraga en el vaso de luz que lo contiene y cada tarde tenemos que trazar nuevamente los caminos, volver a poner las vías, reforzar los cruceros. La estación del ferrocarril permanece callada en algún lugar de la memoria. Nada se mueve, sólo la locomotora que navega sin ancla sobre los siete desiertos que le aguardan.
06/10/2007
Camino cada tarde por unas calles empedradas y sedientas. A veces descanso en una banca de la Plaza de Armas. Luego imagino que subo a una barca y navego sin timón sobre la arena. Me gusta ver, desde la proa, cómo se apagan mis recuerdos, como pavesas arrastradas por el aire. Algún día terminaré, como mi padre, sumido en el silencio, con los ojos perdidos en las dunas, si la muerte no se apiada de mí para llevarme, antes de que se apaguen los rescoldos.
07/10/2007
El tigre es una mancha de la noche en el rostro del día.
Algunas tardes, en la Plaza de Armas,
saltan los tigres que dibuja el sol en la cantera.
Acechan en silencio tras la sombra con un trozo de mar en las pupilas.
El tigre del poder observa la mirada inmóvil de la paloma herida
y en el instante fugaz de un parpadeo se consuma el sacrificio.
Una víctima más. Otro cadáver para el insaciable cementerio de la vida.
Otro minuto y otra historia que se borran.
Todos sabemos sin lugar a dudas
que los tigres no habitan en la monótona planicie del desierto.
Ellos viven en la zona más recóndita del ojo;
en el filo de la espada y en el plomo.
Los tigres son inventos del poder que los construye.
Te cuento del tigre y sus andanzas porque lo he visto merodear
en el jardín y las alcobas, y dormir junto a mí como un gato inofensivo.
Lo veo también cuando acecha desde la inevitable crueldad de las monedas,
y cuando la sed arrecia.
Dicen los gobernantes que los tigres no existen,
pero sus víctimas se cuentan por millares
y todos llevamos en la piel la huella del zarpazo.
Nada es más difícil y peligroso que cazar un tigre
durante los minutos iniciales de un eclipse.
Hay un tigre oculto en un poema,
prisionero de las palabras que construyen su celda.
Tengo miedo de que algún día, por un brevísimo descuido,
salga del poema y me devore.
El tigre es una mancha del día sobre la cara impenetrable de la noche.
Algunas tardes, en la Plaza de Armas,
saltan los tigres que dibuja el sol en la cantera.
Acechan en silencio tras la sombra con un trozo de mar en las pupilas.
El tigre del poder observa la mirada inmóvil de la paloma herida
y en el instante fugaz de un parpadeo se consuma el sacrificio.
Una víctima más. Otro cadáver para el insaciable cementerio de la vida.
Otro minuto y otra historia que se borran.
Todos sabemos sin lugar a dudas
que los tigres no habitan en la monótona planicie del desierto.
Ellos viven en la zona más recóndita del ojo;
en el filo de la espada y en el plomo.
Los tigres son inventos del poder que los construye.
Te cuento del tigre y sus andanzas porque lo he visto merodear
en el jardín y las alcobas, y dormir junto a mí como un gato inofensivo.
Lo veo también cuando acecha desde la inevitable crueldad de las monedas,
y cuando la sed arrecia.
Dicen los gobernantes que los tigres no existen,
pero sus víctimas se cuentan por millares
y todos llevamos en la piel la huella del zarpazo.
Nada es más difícil y peligroso que cazar un tigre
durante los minutos iniciales de un eclipse.
Hay un tigre oculto en un poema,
prisionero de las palabras que construyen su celda.
Tengo miedo de que algún día, por un brevísimo descuido,
salga del poema y me devore.
El tigre es una mancha del día sobre la cara impenetrable de la noche.
09/10/2007
Esta puede ser mi última libreta, el postrer apunte de mi viaje. No cabe duda de que soy el personaje, más o menos oculto, de mis propios textos, y en ellos narro la grisura de mi vida. Nada existe en mí que me distinga, soy un objeto del poder que me controla. No soy un yo, soy todos, y lucho contra las mismas cosas cada día: el hambre, la esperanza, el insomnio y el deseo. No poseo seña particular alguna, ni un extraño lunar ni un tatuaje. Mi piel es la misma que cubre a los otros, los que aguardan con ansia un poco de trigo y una lluvia. Tampoco tengo gracia que destaque: no canto, no bailo, no recito, no genero esplendentes ideas. Sólo llevo un diario en el que anoto la torpeza de mis pasos y una que otra historia que recojo en el camino. También construyo una imagen con palabras, de vez en cuando, para darle un lugar en el paisaje. Esta es pues una larga novela, de baja intensidad y sin desplantes, en la que apenas puedo dar un testimonio del dragón y la sirena; de la crueldad y los excesos del poder que nos destruye; de los momentos escasos, pero intensos, en que el amor nos florece en los ojos y en las manos. Sí, esta es mi historia que acabará en el silencio inevitable de la muerte, pero también la tuya cuando alcanzas a escuchar mi débil voz entre la niebla; y es la historia de un tigre que a los dos nos acecha en la grieta invisible donde nacen las sombras.
13/10/2007
Un poema. Sólo quiero un poema. Aspiro a escribir el único poema que revele los misterios ocultos en mi nombre, el que me permita nacer antes de que muera, el que me inscriba en la indestructible superficie del polvo. Toda mi vida he buscado ese poema rascando con mi pluma en las paredes y las piedras; he seguido muchas rutas para encontrar el sitio en que se oculta. Los poemas están en el zumbido persistente de las moscas, en algún lugar desconocido del desierto; en el pliegue de la luz que se disuelve; perdido en el infinito mar de la basura; en las grietas que presagian los derrumbes. También indagué sobre mi propio cuerpo: me levanté la piel para encontrarlo, separé todos mis huesos, deje al descubierto mi corazón y mis vísceras, quité la delgadísima corteza del cabello, palpé y olí todos mis humores, corté con cuchilla la carne sutil de mis ensueños. De mí no quedó ni la cáscara vacía, y todo porque quiero el maldito poema que no encuentro a pesar del dolor y las heridas.
15/10/2007
No sé qué debo decir para contar esta historia. Tal vez ubicar su inicio en un lejano mes de febrero, o un poco más tarde en las páginas de libros olvidados. Evitaré las atmósferas densas y las interminables descripciones. Sólo te diré dos o tres recuerdos que sean esenciales para entender los conflictos y sus posibles desenlaces. Así, traigo a colación el olor de las naranjas y las cañas en el mes de diciembre, cuando las iglesias se transformaban en posadas; también la angustia del pecado y el terror a las sombras que se agitan en el patio; el rostro sufriente de mi madre y los larguísimos fines de quincena. No sé si la mía sea una historia lineal y estructurada, que desemboca, como un río, en el mar del sentido, o sólo soy un palimpsesto, un conjunto de anécdotas aisladas en las que cabe todo y con las que construyo un cuento, largo y mal cosido, con el final inevitable del silencio. En fin, sólo quiero dejar un testimonio de la crueldad del poder que se muere sin saberlo, de la flor que sobrevive en la sequía y de los pájaros que cantan en el parque.
16/10/2007
Cada uno de mis libros es un relato inconcluso en la que narro un periplo, un viaje que todavía no acaba y en el que ya son evidentes las huellas del cansancio. Viajo con una lluvia en la memoria y una tormenta en el bolsillo. A veces uso, para construir la bitácora, un lenguaje más bien denso. Como la Sibila, no digo, sólo sugiero. Me acerco a los sucesos con sigilo. Utilizo la figura y la metáfora como una seña segura de respeto. Otras veces digo con descaro las cosas como son, con la simpleza y la confianza de quien redacta, solo, para conversar con el silencio. Así te cuento mi dolor de piernas y una mañana de domingo que resbala lentamente por los muros. Te digo también la crueldad del asesino y del poder que medra entre las sombras, y la inefable belleza del desierto.
22/10/2007
Es preciso desnudar la prosa, quitarle todos los adornos, evitar las trampas que siembra la metáfora. Es preciso decir así, sin más, que cada nuevo otoño es menos una imagen retórica que una estación que anuncia la llegada del invierno. En este viaje final por la escritura quiero decirte mis flaquezas: la vanidad que pocas veces disimulo, a pesar del esfuerzo y el silencio; el miedo que ha sido un compañero inseparable; y tantos otros monstruos que poblaron mis noches y mis días. Tal vez no he sido todo lo sincero que debiera, es porque temo lastimar a quien me lea, y es también porque no tengo autoridad para decir las cosas que a otros pertenecen. Es por esto que sólo te menciono los hechos: una mariposa que se oculta de la noche a plena luz del día y dos o tres poemas que retozan a sus anchas en el parque.
30/10/2007
Aspiro a la brevedad como un valor deseable. Creo que casi todo lo que vale la pena puede ser dicho con unas cuantas palabras. En realidad la cultura es una red inextricable de aforismos.
